El riesgo potencial del arbolado urbano y la praxis profesional

En los últimos días de este mes, han aparecido varias noticias relacionadas con episodios de fallo de árboles urbanos, tanto en España (Barcelona y Sevilla), como en otros países, como el Reino Unido, concretamente en el condado de Kent. Dos de esos fallos han ocasionado la peor consecuencia que podría tener, la muerte de personas. En este artículo de la AEPJP, Pedro Calaza, vocal de esta asociación y coordinador de su Comisión de Bosques Urbanos,nos aporta algunas claves.

En estos últimos casos han estado involucrados tanto árboles como palmeras, grupos vegetales diferentes con comportamientos mecánicos distintos e implicaciones particulares a la hora de su gestión y evaluación. Es cierto que ambos grupos requieren un profundo conocimiento de muchas disciplinas relacionadas con la identificación de defectos y la cuantificación del riesgo, pero debemos subrayar que no siempre se puede “controlar” o “prevenir” este tipo de problemas, ya que la casuística de la naturaleza es ilimitada y los recursos, en muchos casos, también.

Debemos recordar y ser conscientes de que la mera presencia de árboles o palmeras en medio urbano implica asumir un cierto nivel de riesgo. Sabemos que el riesgo está en todos los aspectos de nuestra vida, por ejemplo, cuando viajamos en un autobús asumimos el riesgo de poder caernos, golpearnos,… De hecho, para ir muy seguros precisaríamos llevar un casco, cinturones de alta seguridad, etc…lo que está claro es que siempre debemos asumir un nivel de riesgo para poder desarrollar nuestras labores y poder vivir…, y ello también incluye al arbolado en nuestras ciudades. Es evidente que las ventajas que proporciona el arbolado son muy numerosas como mitigar los efectos del cambio climático, regulación ambiental, servicios relacionados con la salud y el bienestar, entre muchas otras. Resulta imperativo que el arbolado debe ser un recurso fundamental en la planificación urbana, tal y como señala la propia FAO y, de forma particular, el elemento clave que conforma la columna vertebral de conectividad en la infraestructura verde, para así optimizar la generación de servicios ecosistémicos. No obstante, debemos gestionarlos de forma adecuada e intentar minimizar, aunque no eliminar, pues sería imposible, el riesgo que conllevan.

Para ello, debemos ser capaces de controlar el riesgo desde un doble prisma complementario de gestión y evaluación. Por su parte, el proceso de inspeccionar, identificar y cuantificar defectos a nivel árbol se engloba en la evaluación y el proceso de decidir, destinar presupuestos y planificar pertenece a la gestión.

Centrándonos, en primer lugar, en la evaluación de riesgo, el fin es tratar de minimizar impactos en la salud de las personas, es decir, está íntimamente relacionada con la salud y seguridad pública. En otras disciplinas vinculadas a la salud y a la seguridad, como el transporte, la seguridad alimentaria, la seguridad de las construcciones (casas, puentes, pavimentos), etc., los especialistas tienen una serie de atribuciones profesionales conseguidas mediante un título universitario y el respaldo de un colegio oficial profesional con competencias específicas. Es decir, la seguridad pública que, como comentamos, incluye al arbolado, requiere especialistas formados con atribuciones profesionales académicas. Y todo ello pasa y debe pasar por las universidades, recordemos que en España las atribuciones están asociadas a un título universitario. Las competencias dependen del conocimiento que se adquiere a lo largo de la vida, muy vinculadas a la experiencia.

Desde mi punto de vista, los expertos o especialistas que trabajan en el complejo campo de la evaluación de riesgo, deberían tener una formación universitaria con atribuciones profesionales en este campo, hoy en día hay varias universidades que imparten parcialmente este enfoque. La especialización de los profesionales que vigilan la seguridad pública debe situarse en los cauces oficiales y legales en España, ello garantiza transparencia, coherencia y seguridad. La clave es la búsqueda de la excelencia técnica y profesional en todos los ámbitos, pero especialmente en aquellos que están vinculados a la salud y a la seguridad.

Además, especialmente en los últimos años, la evaluación de riesgo ha ido ganando complejidad debido a dos aspectos; por un lado, a la mejora del conocimiento en el gran número de disciplinas que se relacionan con ella (fisiología, dendroestática, mecánica, biología, fitopatología, botánica, etc.) y, por otro, al desarrollo de herramientas de testificación muy sofisticadas basadas en diferentes planteamientos técnicos y teorías que incluyen la velocidad sónica, la resistencia mecánica, la imagen térmica, la (dendro) dinámica, la (dendro) estática, la química, etc., y ello requiere una formación muy específica en esta materia.

En cuanto a la gestión de riesgo que incluye la planificación, selección, manejo, etc. requiere también de ciertos conocimientos específicos y de un planteamiento integral a nivel urbano. Para su desarrollo, se deben diseñar y dimensionar protocolos de inspección, de seguimiento, de actualización de inventarios, etc. todo muy vinculado con una adecuada y medida dotación de medios humanos y materiales. No olvidemos que no hay reglas genéricas, cada contexto territorial requiere un planteamiento personalizado en el que las rutas de inspección, el dimensionamiento del servicio (interno o externo), la metodología a aplicar (cualitativa, cuantitativa, mixta) y las herramientas, en su caso, deben ser definidas específicamente.

Por otra parte, es importante tener en cuenta que, en ocasiones, los árboles se desploman debido a actuaciones previas, a veces por la mala praxis en arboricultura como las podas inadecuadas, especialmente terciados y desmoches, pero también  por actuaciones de otros departamentos municipales (por ejemplo de obras o de mejoras de infraestructura) que no son conscientes de las implicaciones futuras de sus erróneas acciones. Por ello, es prioritario el diálogo entre los gestores de la infraestructura gris y los de la infraestructura verde, y en ese sentido, se debe mejorar la información y la sensibilización para que cuando se realicen obras en entornos donde existen árboles, se analicen sus implicaciones futuras en materia de colapso de ejemplares, ello redundará en una mejor gestión y en menor número de accidentes.

También es importante señalar que la gestión de los árboles en la ciudad y la del riesgo en particular conlleva una responsabilidad que recae sobre los funcionarios. El trabajo de estos profesionales debe realizarse con determinación, basándose en juicios reflexivos y no dependientes o influenciados por opiniones particulares que puedan generar confusión y preocupación en la ciudadanía.

Somos conscientes que el técnico municipal adquiere un compromiso de servicio público que garantiza su objetividad y su trabajo a favor del bien común y aunque el servicio esté externalizado, al técnico le compete la tutela de sus acciones. Para estos profesionales prima la seguridad; ejercen un gran ejercicio de responsabilidad, pero lamentablemente, en ocasiones, se les culpa de los accidentes, probablemente por ignorancia y ello debe ser corregido o aclarado.

Aunque hay buenos ejemplos en ayuntamientos de España, sería interesante poder implementar sistemas de auditorías externas de los procesos de evaluación y gestión de riesgo, para identificar puntos débiles y hacer frente a posibles problemas internos, por ejemplo, de tipo organizativo. Ello redundaría en un mejor control más transparente y constructivo.

Por tanto, debemos apostar por una mejor y más especializada formación universitaria para los especialistas en la identificación, cuantificación y toma de decisiones vinculadas al riesgo en medio urbano, un diálogo más fluido y colaborativo entre departamentos de gestión y obras municipales, una mejor dotación de medios humanos y materiales adaptados a la singularidad del contexto territorial y mejores sistemas de control interno y externo.

Por último, no podemos olvidarnos de que la “ciencia” de la evaluación de riesgo es complicada por el gran número de variables naturales de difícil predictibilidad y, además, algunas hipótesis que se consideraban válidas desde hace tiempo, hoy en día ya no lo son… Nos encontramos en un proceso de aprendizaje continuo…  la casuística es tan amplia y variable que no puede manejarse sólo con números, algoritmos o herramientas de diagnóstico…  las obviedades no existen, ya decía E.T. Bell que “Obvio” es la palabra más peligrosa del mundo en matemáticas… y en el proceso de evaluación de riesgo, también.

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